me acuerdo de un día en que me puse a caminar por el paso de gato del teatro. me acuerdo que usé un pañuelo rojo, de mi padre, para tapar los ojos. caminé varios metros, a tientas. me detuve sin saber por qué, estaba muy tranquilo. me quité el pañuelo. en el siguiente paso me esperaba --debo de decir que me sigue esperando-- un hueco, diez metros arriba del escenario. ahora ya no lo recuerdo con la piel de carne de gallina, sino con la hermenéutica de la vergüenza: el más tonto de todos los tontos, murió aquí mismo, dirían los guías de turistas a los visitantes del teatro, restaurado tantas veces por el Instituto Nacional de las Bellas Artes. imagino también en lo que pensaría mi padre, en su pañuelo, en la manera en que tendría que contar como murió el más idiota de sus hijos, el de en medio.
me acuerdo que cuando me regañaban me imaginaba mi muerte, y como mis padres llorarían, arrepentidos de no haberme tratado bien, a mí que era tan buen niño, en el fondo.
sobre todo me imaginaba una muerte abstracta. un quedarme muerto, como alguien que se queda dormido, o bien que me perdía. yo imaginaba que me perdía y que ni siquiera yo sabía de mí, que de algún modo me quedaba, como testigo invisible, mudo y triunfal, del irremediable arrepentimiento de mis padres.
luego me encontré el paso del gato negro, de anouar brahem, y no encontraba ninguna relación, hasta hoy que me imagino caminando con mi pañuelo rojo, por los altos pasillos de madera.

2 comentarios:
Qué terrible y preciosa imagen. Me encanta.
Escriba más y más, poeta.
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